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Leyendas urbanas y pajas mentales 1

Por algún motivo que, supongo, alguien habrá analizado con rigor, los humanos prestamos más atención e incluso recordamos mejor aquellas historias que responden a la clásica estructura aristotélica o estructura en tres actos. El éxito al relatar una anécdota o un incidente que hemos presenciado a veces depende más de nuestra destreza al contarlo, que del suceso en sí. Historias inverosímiles o carentes de pruebas que las sustenten se transmiten de generación en generación, haciéndose un hueco en nuestro imaginario colectivo amenizándonos, de paso, el tiempo que empleamos en escucharlas y contarlas con cierto grado de autoridad a otros allegados. Un bucle.

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¿Qué ciudad no cuenta con el clásico “un niño desapareció en el centro comercial X; cerraron todos los accesos; la policía encontró al niño junto a sus raptores en los lavabos del centro con ropa diferente y rapado al cero”? Otro clásico es el de aquel familiar lejano (siempre de parentesco difuso pero relacionado con el narrador, sea quien sea) que sufrió un corte de digestión en la playa y todavía está ingresado. Ni que decir tiene que el bulo de Ricky Martin y la mermelada, con gente afirmando tener grabaciones en VHS del programa que pensaba dejarte esa misma semana, constituye la joya de la corona.




Algo parecido sucede cuando nuestra mente elabora una coartada para explicarnos a nosotros mismos un hecho que conocemos sólo a medias. Si se trata de algo que nos afecta directa y emocionalmente –véase un mensaje nunca contestado por alguien con quien nos hemos hecho ilusiones o una cita cancelada–, la imaginación se dispara. Nos cuesta asumir que hay detalles que se nos escapan. La existencia de vacíos en la información de la que disponemos es rápidamente rellenada por suposiciones que se convierten en verdades absolutas en medio segundo. Es lo que coloquialmente podríamos llamar películas o pajas mentales. Son tan poderosas, que creer firmemente en ellas puede alejarnos del mero hecho de interesarnos por la verdad. O incluso puede provocar que nuestro orgullo herido (por una conjetura) nos lleve a declinar hacer algo que realmente queríamos el segundo inmediatamente anterior. O peor todavía, podemos estar periodos prolongados de nuestra vida, décadas incluso, llenos de rencor por rehusar hacer una simple pregunta.

Cuando la historia nos cuadra, nos proporciona el placer suficiente como para creerla e incluso basar parte de nuestro comportamiento en ella. No subestimemos el poder de una narración atractiva, puede tanto amenizarnos como amargarnos la existencia.




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