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Una madre y su hijo 2

No daba un duro por él, soy honesta. ¿Por qué nadie me avisó de que las diferencias entre él y yo podían llegar a ser tan evidentes? Nadie te previene de lo que se te viene encima. Nadie. Todo el mundo te da la enhorabuena. Sonríen con complicidad, te tocan el brazo; te acarician. Todo son palabras de ánimo, comentarios generales sobre una supuesta felicidad asegurada en cuanto lo tengas entre tus brazos. Sus carantoñas, al parecer, lo curan todo. Sin embargo, afirmo que este discurso popular, mayoritario, está plagado de carencias básicas.

¿Por qué nadie habla honestamente de las implicaciones? De todas. Tener un hijo es algo natural, mucha gente lo ha experimentado e incluso los hay que repiten. Repiten. Todas las etapas son distintas y en todas ellas se supone que la relación del progenitor con su vástago evoluciona hasta convertirse en una relación de confianza mutua entre adultos que se aprecian.

Desde el principio noté que algo no estaba yendo como me habían contado. Me di un tiempo, no quería precipitarme en mis conclusiones. Pero aquella mirada perdida, aquel titubeo antes de responder, aquella risita de bobo apuntaba a una realidad concreta. La veía clara aunque reprimiese mi rabia y tratase a mi hijo como se esperaba de mí; con cariño. Algo que él no se merecía, no era consciente de lo difícil que es encontrarlo en la vida adulta. Él lo disfrutaba per se, fruto de mi esfuerzo y de mi estómago, porque era necesario el estómago para soportar un niño tan desnortado como el que parí. La genética, caprichosa, recombina el material del que dispone para crear algo genuino. Inconscientemente pensamos que por ser una combinación única de ADN albergará aspectos positivos. Ficción. Algo único puede ser inservible, resultar vulgar, manifestarse prescindible. Palabras duras, pero ciertas. Gestar un ser redundante es posible, probable, habitual. Real.




Nadie te lo advierte. Todos se alegran, te dan palmadas en la espalda, lo celebran. Muchos de ellos saben, han pasado por ahí, conocen el problema y no lo mencionan. Parir un hijo carente de la complejidad que se le supone al ser humano es posible. La vulgaridad forma parte de la vida y se manifiesta de forma aleatoria, sin pausa. Madres y padres felicitándome durante el embarazo y riéndose a carcajadas en su interior. Clases de gimnasia de mantenimiento en las que se comenta la buena nueva de mi embarazo sin ademán de explicarme lo que puede estar por venir.

Desde que lo parí vive en un estado de semiinconsciencia, como narcotizado. Su riego es normal con unas consecuencias devastadoras: mantiene en funcionamiento todo su ser para hastío de la humanidad, para el mío. Mi hijo, ese ser gestado en mi seno, parido con mi dolor físico inhumano, mi hijo simplemente es. No aporta, sólo absorbe. No procesa, sólo quema. Anodino y limitado. Ligados de por vida. Nadie me avisó.
 

 



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